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En el invierno de 1965, frente al viejo edificio del Metropolitan Opera House, en la calle 39 de Manhattan, la noche tenía un olor áspero: café frío en vasos de cartón, humo de tabaco, asfalto húmedo. Llevaban días allí. Cinco, decían algunos . No aguardaban simplemente una función. Querían verla regresar.
El nombre corría de boca en boca: Maria Callas.
Siete años llevaba sin cantar en aquel teatro. Siete años de ausencias, de artículos venenosos, de desencuentros con la dirección del Met. Pero el público tiene memoria, y también una forma obstinada de lealtad. Por eso dormían en la acera con sacos y mantas, esperando que se abrieran las puertas.
Dentro, cuando las luces empezaron a apagarse, el murmullo no era el habitual de un estreno. Había algo más espeso en el aire, una tensión que se sentía en el estómago. Tres mil ochocientas personas contenían el aliento.
En el foso, la orquesta atacó los acordes sombríos que abren Tosca. Los acordes de Scarpia. Pero nadie escuchaba realmente la música. Toda la sala estaba pendiente de otra cosa.
De pronto, desde las bambalinas, atravesó el escenario una llamada.
—¡Mario! ¡Mario! ¡Mario!
La voz llegó antes que la figura. Era urgente, cargada de ese metal oscuro que parecía traer dentro una tormenta. Y entonces apareció.
Maria Callas entró en escena con el ramo de flores, envuelta en la túnica de Floria Tosca. Caminaba despacio, con esa elegancia felina que tenía cuando pisaba el escenario, una mezcla de orgullo y de peligro. Durante un segundo pareció que todo se detenía.
No llegó a decir su primera frase.
La sala estalló.
No fue exactamente un aplauso. Fue un rugido. Una oleada que subió desde la platea hasta el paraíso y volvió a bajar. La orquesta quedó enterrada bajo aquel estruendo. El público gritaba su nombre como se grita el de alguien que vuelve de muy lejos.
A su lado estaba Franco Corelli, el Cavaradossi de aquella noche, un tenor de voz inmensa y presencia de héroe de cine. Sonreía apenas, con una ironía tranquila. Sabía perfectamente lo que estaba pasando. Aquella noche él no era el protagonista. Era el testigo.
Callas permaneció inmóvil. Los ojos grandes, subrayados de negro, recorrieron lentamente la sala. Durante un instante la Tigresa —como la llamaban— dejó ver algo parecido a la fragilidad. Bajó la cabeza muy levemente, aceptando el tributo.
El aplauso duró minutos.
Cuando por fin regresó el silencio, algo había cambiado en la sala. Aquello ya no parecía una función. Tenía más de ceremonia.
Esa noche la voz de Maria Callas no era ya la de los años de fuego. En los agudos había un temblor, una sombra. Pero el drama seguía intacto. Cada gesto, cada mirada a Corelli, cada movimiento de su mano tenía la intensidad de una verdad que no necesita perfección.
Cuando en el segundo acto hundió el puñal en el pecho de Baron Scarpia, el teatro entero comprendió algo muy simple: la ópera no es solo voz. También es destino.
Han pasado muchos años. A veces encuentro en un cajón una entrada vieja de otra noche, de otra ciudad, y vuelve a mi memoria aquel rugido de Nueva York.
1965 El año en que el público del Met volvió a ver entrar a su reina. Y comprendió que una voz puede gastarse con el tiempo, pero el mito —si es verdadero— no envejece nunca.