
Hacía tiempo que una película no me desarmaba así. Se me cerró la garganta viendo cómo esa criatura, torpe y enorme, incapaz de entender su propia fuerza, empujaba un barco hacia aguas seguras, aun sabiendo que esa salvación no le pertenecía. En ese gesto final entregaba, sin pedir nada a cambio, lo único que nunca recibió.
La obra de Mary Shelley siempre fue una súplica escrita desde la tormenta. El deseo de existir. De ser amado. De encontrar un lugar en un mundo que parece haber decidido que uno no pertenece a él. Guillermo del Toro conoce esa tormenta. «He vivido con la creación de Mary Shelley toda mi vida. Para mí, es la Biblia», ha dicho. Y se nota. No intenta domesticar el libro ni convertirlo en otra cosa. Lo mira de frente y encuentra en él lo que todavía sigue vivo.
Su Frankenstein necesita respuestas. Necesita saber por qué está aquí, quién lo hizo y por qué, después de darle la vida, su creador no puede mirarlo. Del Toro cuenta esa historia desde el desamparo de un hijo que nunca fue reconocido. Y también desde el silencio de alguien que todavía está aprendiendo a hablar, a caminar, a tocar las cosas sin romperlas.
Hay escenas en las que la criatura parece temblar bajo un silencio que pesa más que cualquier trueno. En otras, su mirada conserva una inocencia que duele. No porque no entienda el mundo, sino porque empieza a entenderlo demasiado tarde. Ha nacido con un cuerpo enorme y con algo dentro que todavía necesita que alguien lo cuide.
Y, sin embargo, camina.
Camina hacia un mundo que no lo pidió, pero que él intenta amar. Se acerca a los demás, vuelve a intentarlo, aprende. Y cada vez que alguien lo rechaza, hay algo en él que parece hacerse un poco más pequeño, aunque su cuerpo siga ocupando todo el encuadre.
Quizá por eso lloré. Porque la película no mira al monstruo. Mira a alguien que solo quiere que lo quieran. Mira al creador que huye de aquello que ha hecho. Mira a un hijo que no entiende por qué su padre le dio la vida si después iba a abandonarlo.
Del Toro devuelve a Shelley su tragedia y también su ternura. Hay algo profundamente romántico en esa criatura que sigue buscando un lugar donde descansar. Y cuando por fin agacha la cabeza para no romper lo que ama, el gigante desaparece por un instante. Queda solo alguien intentando aprender a no hacer daño.
Cuando la pantalla se apagó, me quedó la sensación de haber asistido a un acto de compasión más que a una película.
Y quizá eso sea lo que más me conmovió: que durante unas horas aquel monstruo enorme dejó de parecerme un monstruo. Solo quería vivir.
No sé, si me ha emocionado más la película o tu descripción de ella.
Realmente todo hijo no deseado se puede sentir identificado con el monstruo, lo veo desde mi punto de vista, si , el diferente es el monstruo.
El que ama sin condiciones también es un monstruo. Y digo yo lo monstruoso no será esta sociedad que preguntan si quieres más a papá o a mamá, enseñándote un amor limitado y comercializado desde qué naces?
Bravo Augusto. Profesión crítico de cine con ojos contemplativos y compasivos.
Por cierto un gran retrato que encabeza con amorosa cabeza este blog.