Braga y Ponte de Lima(o la extraña sensación de entrar en una tienda y salir de otro tiempo)

En Braga y en Ponte de Lima me ocurrió algo raro. Entraba a comprar unas habas y salía pensando en mi infancia. No porque aquellas tiendas se pareciesen exactamente a las de entonces, sino porque conservaban una forma de estar en el mundo que yo creía extinguida, como las cabinas telefónicas o las cartas escritas a mano.

Las tiendas eran pequeñas, oscuras, con esa penumbra tranquila donde las cosas parecen durar más. Sacos de garbanzos, cajas de fruta, bacalaos colgados, botellas de vinho verde alineadas sin ningún afán decorativo. Todo estaba allí porque tenía que estar allí, no porque un experto en marketing hubiese decidido que resultaba pintoresco.

Y detrás del mostrador aparecía siempre alguien que sabía demasiado sobre lo que vendía.

Eso me impresionó.

Aquí uno pregunta por un vino y enseguida empieza a escuchar un discurso lleno de notas afrutadas, persistencias en boca y otros tecnicismos aprendidos en serie, como si todos los vendedores hubieran sido fabricados en la misma academia. En Portugal era distinto. El hombre que te pesaba medio kilo de habas podía señalar una botella cualquiera y decirte:

—Leve esta. Esta acompanha melhor o peixe.

Y bastaba.

No hacía falta más porque hablaba desde la costumbre, no desde la impostura. Tenía la autoridad natural del que ha visto beber ese vino durante cuarenta años en la mesa de su casa.

Comprendí entonces que el verdadero lujo no consiste en la sofisticación, sino en la ausencia de artificio.

Incluso la manera de envolver las cosas parecía pertenecer a otro siglo. El papel marrón doblado despacio, las monedas contadas sin ansiedad, la conversación flotando por encima de la compra como algo inevitable. Había tiendas donde no aceptaban tarjetas y aquello, lejos de molestarme, me produjo una alegría inexplicable. “Só dinheiro.” La frase sonaba casi a resistencia.

Mientras esperaba mi turno observé algo que aquí ya casi nunca sucede: nadie miraba el móvil. La gente esperaba mirando las naranjas, el bacalao o simplemente la calle. Como si todavía supieran perder el tiempo. O quizá como si todavía supieran encontrarlo.

Salí varias veces de aquellas tiendas con la sensación absurda de haber comprado algo más que comida.
No sabría explicarlo bien.

Tal vez porque uno entra allí buscando garbanzos y termina encontrándose con una forma de vida que creía desaparecida.

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