Bellini: Bianca e Fernando – «A tanto duol» (High F y mi bemol)
Vincenzo Bellini, en su aria A tanto duol de Bianca e Fernando, no escribió para humanos. O no para los de ahora. Supongo que en su tiempo la gente tenía laringes de otro material, más elásticas, más resistentes, como los antiguos teléfonos de baquelita que podían caer desde un quinto piso sin despeinarse.
Imagino al gran Giovanni Battista Rubini, tenor fetiche del compositor, atacando el temido High F sin despeinarse –o sin ahogarse, que es más pertinente en estos casos–. Rubini tenía un secreto, claro: su dominio del falsettone, esa técnica que permitía subir a las alturas sin que se notara el cambio de marcha. Un camaleón vocal. Un fenómeno de la naturaleza. O un mutante, quién sabe. Bellini escribió para él como un sastre confecciona un traje a medida, sin pensar que, dos siglos después, alguien más intentaría ponérselo.
Hoy, sin embargo, la historia es otra. Gregory Kunde, tenor curtido en mil batallas belcantistas, se enfrenta a la pieza como quien escala el Everest sin oxígeno. Al final del aria, cuando el High F asoma como un precipicio, se le nota el esfuerzo, la lucha interna entre la resistencia y la rendición. Otros, como Juan Diego Flórez o Michael Spyres, también han osado desafiar las leyes de la acústica humana, con mayor o menor éxito.
Pero lo cierto es que A tanto duol no es una pieza, es una emboscada. Bellini, en su infinita maldad, colocó trampas en cada compás, como si quisiera demostrar que el canto no es solo una cuestión de garganta, sino de heroísmo. O de masoquismo, según se mire.
En cualquier caso, escuchar esta aria es un espectáculo, una mezcla de belleza y sufrimiento ajeno que produce una extraña satisfacción. Como ver a alguien resolver un cubo de Rubik en llamas. Como presenciar el instante en el que un trapecista suelta las manos y flota, por un segundo, en el vacío.
Bellini escribió para los dioses. Nosotros, simples mortales, solo podemos mirar desde abajo.