El rubato es el arte de estirar y encoger el tempo sin que nadie se dé cuenta. Es un ilusionismo rítmico. En Tosca, Puccini lo maneja con la precisión de un cirujano: lo alarga cuando el corazón del personaje se desboca y lo encoge cuando el mundo se le cae encima. El resultado es una oscilación emocional en la que el tenor parece caminar sobre un suelo que se hunde y se eleva bajo sus pies.
Tómese Recondita armonia, en el primer acto. Cavaradossi contempla dos bellezas: la que ha pintado y la que ama. Hay un momento en el que la voz apenas se adelanta, como si la impaciencia del deseo la empujara, y otro en el que se retrasa, como si el peso de la contemplación la frenara. Lo fascinante es que la orquesta no se inmuta, sigue adelante, imperturbable, como el segundero de un reloj. Pero algo ha cambiado. Uno siente que el tiempo ha dejado de ser un flujo homogéneo para convertirse en algo más maleable, más humano.
Luego está E lucevan le stelle, esa despedida desgarrada en la que el tempo parece plegarse sobre sí mismo. Al principio, la voz entra con cautela, como quien toca un recuerdo con la punta de los dedos. Más adelante, cuando Cavaradossi recuerda los besos de Tosca, la melodía se ensancha, el rubato se hace más evidente, la frase parece una herida abierta que sangra con lentitud. Y entonces llega el clímax: «E non ho amato mai tanto la vita!». Aquí todo se suspende un instante, como si el personaje se negara a avanzar hacia lo inevitable. Pero la música no lo espera. La orquesta sigue adelante, imperturbable, como el segundero de un reloj.
Puccini entendió que el tempo, en el arte, no es un mecanismo fijo, sino una materia blanda que puede moldearse. Su rubato no es un capricho, es la misma respiración de los personajes. Porque los que aman y los que mueren nunca lo hacen a tiempo. Siempre van un poco antes o un poco después.