El bufón, la furia y Juilliard School: la lección inolvidable de Callas

Las clases magistrales de Maria Callas en la Juilliard School entre 1971 y 1972 fueron mucho más que lecciones de canto: eran inmersiones en el alma de la ópera. Durante estos encuentros, Callas desnudaba cada papel hasta su esencia y guiaba a sus alumnos en la construcción de personajes con una intensidad que rozaba la obsesión. Entre ellos, los barítonos recibieron lecciones memorables sobre cómo encarnar figuras tan complejas como Rigoletto.

«Quizás puede afirmarse que su más tremenda y abrumadora exhibición de canto fue la que ofreció después de una discusión acerca de los «Cortigiani» de Rigoletto. Explicaba al joven barítono que Rigoletto «debía ser fieramente salvaje, como un animal ciego, así». Con la mano izquierda, de pronto impuso un ritmo extraordinariamente veloz al pianista y atacó el texto que comienza: «Cortigiani, vil razza dannata» («Cortesanos, raza vil y maldita»). Y mientras lanzaba las frases breves y los vituperios -con las manos curvadas hacia ella misma como espolones y el rostro que reflejaba el terror y la cólera del bufón-, los miembros del público quedaron helados en sus asientos. Los que sólo habían leído sobre la electricidad generada por la Callas en sus interpretaciones más intensas, por primera vez experimentaban el influjo cabal de sus dotes interpretativas. Al final del episodio, que duró menos de un minuto, muchos miembros del público lloraban.» Maria Callas: the art behind the legend Henry Wisneski

En esa breve erupción, Callas reveló su concepción del arte: la ópera no era un adorno ni un conjunto de notas bien colocadas en un pentagrama. Era, sobre todo, un grito existencial, una sacudida que debía resonar en el estómago del espectador. John Ardoin, en Callas at Juilliard: The Master Classes, recordaría que ella insistía en que «las pausas son a menudo más importantes que la música», un aforismo que, en su boca, sonaba más a advertencia que a consejo.

El director Nicolai Rescigno comentaba que «ella tenía trescientas voces, cada rol que interpretaba tenía una voz especial, y dentro de ese timbre particular, cambiaba constantemente de color para transmitir el mensaje del compositor». Esa versatilidad no era solo técnica, sino esencialmente emocional. Callas no cantaba, encarnaba. No daba clases, poseía a sus alumnos. Y en esa posesión, los arrastraba a un umbral donde la voz y el alma se confundían, donde el tiempo se detenía y la ópera dejaba de ser ópera para convertirse en una revelación.

Las enseñanzas de Callas en Juilliard reflejan su dedicación a la ópera como una forma de arte integral, donde la técnica vocal y la interpretación dramática son inseparables. Su legado perdura, inspirando a nuevas generaciones de cantantes a abordar sus roles con la misma pasión y compromiso que ella ejemplificó. Aquel día, con su estallido furioso de Rigoletto, dejó claro que la ópera no es solo música, es una experiencia que, cuando es auténtica, puede estremecer hasta las lágrimas.

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