María Callas, de Pablo Larraín

Tosca 1965 sus admiradores llevaban días en el MET haciendo cola para ver a su reina

Siempre me ha fascinado el modo en que una película convierte en biografía la sombra de alguien, no la persona ni siquiera su imagen, sino esa estampa borrosa que la cultura popular termina modelando hasta que encaja con lo que ya esperábamos de ella; en María Callas, Pablo Larraín elige el trazo más reconocible: la diva en su soledad elegante, Onassis como fantasma recurrente, la alta sociedad como decorado, y ahí la película se queda, más cerca de la ausencia que dejó Callas que de la mujer que llenó La Scala, el Covent Garden y el Met con una voz que nadie antes había puesto al servicio de un personaje entero, no solo de una nota.

La mayoría de los documentales y películas sobre ella insisten en su fragilidad, como si su carrera musical fuera solo telón de fondo de sus tragedias personales, y sin embargo rescató óperas que nadie más se atrevía a cantar, Anna Bolena, Norma, Medea, no porque fueran menores, sino porque solo ella podía devolverles el esplendor que llevaban dos siglos esperando; su talento iluminaba todo lo que tocaba y, a la vez, le pasaba factura, porque la música pesó siempre más que la felicidad.

La voz de Callas era un abismo: casi tres octavas, desde un Fa sostenido por debajo del Do central hasta un Mi natural por encima del Do alto, y sin embargo las cifras no cantan, lo hacía ella; un registro grave oscuro como un vacío insondable, un medio a medio camino entre un clarinete que llora y un oboe que duda, unos agudos capaces de cortar el silencio en tiras finísimas, una transición entre esos registros que no era perfecta, ¿y desde cuándo conmueve la perfección? Cantaba no para embellecer la música sino para arrancarle la piel y mostrarnos lo que había debajo.

Larraín acierta al menos una vez: en la relación con Ferruccio y Bruna, su mayordomo y su doncella, la única familia real que le quedó en sus últimos años, cuando en las noches de insomnio Callas interrumpía las partidas de cartas solo para reanudarlas después, como si el tiempo pudiera aplazarse mientras las cartas siguieran sobre la mesa; ahí, en ese gesto minúsculo, la película atrapa un destello de verdad que en el resto del metraje persigue sin encontrar.

La voracidad de su talento, esa capacidad de romperse en escena para reconstruirse en cada nota, dice de Callas más que cualquier fragilidad personal. Callas era la propia música preguntándose qué significa existir.

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