El Último Emperador: La escalera infinita
Es posible que una escalera no lleve a ninguna parte. Es posible que, a veces, subir y bajar sean la misma cosa. La emperatriz Wan Rong, mujer de Puyi, desciende los peldaños arrastrando la seda de su vestido como si la tela tuviera voluntad propia, como si ella misma formara parte de un sueño que no acaba de cuajar en la vigilia. Va completamente ida, el opio le ha borrado los bordes. O quizá, y esto es lo terrible, se los ha revelado con una nitidez insoportable.
Bernardo Bertolucci nos deja allí, en esa frontera difusa entre lo real y lo imaginado, pero no nos deja solos. Nos coloca de la mano de Vittorio Storaro, que ilumina la escena con un respeto religioso. No se trata de encender luces y sombras, sino de pintar con ellas, de convertir la atmósfera en un personaje más. Y el resultado es hipnótico: claroscuros que se deslizan por las paredes como si tuvieran conciencia propia, tamizados por las etaminas de los ventanales, sombras que no son sombras sino estados de ánimo.
Todo sucede a un ritmo tan pausado que duele. La cámara la acompaña desde el momento en que se alza de la silla, se acopla a su respiración, le sigue el pulso. Planos lentos, movimientos precisos, travellings sin prisa, como si el tiempo estuviera suspendido. Hasta que ella, completamente perdida, come flores de orquídea frente al espejo. Y ese espejo no solo refleja: nos devuelve la imagen de una mujer que ya no es.
Uno se queda con esa imagen en la cabeza, con esa forma de sostener el gesto, de caminar como si la carne apenas sostuviera el alma. «Así levanta la cabeza una mujer», dice alguien, y de pronto, el vestido de lamé no es solo vestuario, es una armadura, un manifiesto visual de una época que Bertolucci ama y que Storaro eleva hasta lo sublime. Brillos de noche, volumen para las curvas, todo pensado para seducir, para hipnotizar. Y al mismo tiempo, todo pensado para ocultar la fractura, la ruina.
Pero el truco definitivo no está en el vestuario, ni en la puesta en escena, ni siquiera en el opio. Está en la manera en que Bertolucci nos engaña con la profundidad de campo. Aquí, lo que vemos es lo que hay, sin trucos ópticos, sin aislamientos forzados. Los personajes están juntos, atrapados en la misma realidad, pero nunca han estado más solos.
Y entonces, cuando Wan Rong se pierde en su reflejo, cuando el opio ha hecho su trabajo y ya no hay vuelta atrás, uno entiende que esta no es solo la escena de una película. Es un descenso sin fondo. Una escalera que no lleva a ninguna parte. O peor aún, que lleva exactamente al lugar del que nadie puede regresar.