Viaje por Mozambique I: PRIMERAS IMPRESIONES
Narrado en tiempo presente y volviendo al pasado, pues fue un viaje realizado entre los meses de mayo y junio de 2011.
El avión desciende sobre Maputo y la ciudad se extiende bajo mis pies como un animal adormecido. África se deja ver en ráfagas: retales de vegetación, el aroma espeso de la sabana filtrándose por los ventanales del aeropuerto, una humedad que no pesa pero envuelve. No es la primera vez que llego, pero cada regreso se siente como un primer encuentro. Me pregunto si alguna vez es posible llegar del todo o si África es, en el fondo, un espejismo del que uno solo puede tocar los bordes.
Llamo a Bartolomé, un amigo de viajes anteriores, y espero su llegada sabiendo que, en Mozambique, el tiempo es un animal sin dueño. Pido un cafeçinho, lo bebo despacio, como si pudiera alargar la certeza de estar aquí antes de sumergirme en el trayecto al norte. Bartolomé aparece con su andar despreocupado, hablamos de sus estudios de derecho, de Maputo, de la vida que se nos ha ido en estos años, aunque en realidad, todo se resume en miradas. La conversación se desliza, densa como la leche evaporada que cae en el café. Nos despedimos con una promesa vaga de vernos a mi regreso.
El vuelo a Pemba es una extensión del viaje, tres mil kilómetros que estiran el mapa hasta el borde del mundo. Aterrizo en una luz distinta, una claridad líquida que se desliza sobre la bahía. Me esperan Fernando y Teresa. Hacemos algunas compras, ajustamos los últimos detalles y nos ponemos en camino hacia Metoro, la que será mi base entre partidas y regresos, el punto desde el que el viaje se abrirá como una espiral.
Metoro está a sesenta kilómetros hacia el interior, pero la distancia se mide en transformación. La ciudad se desdibuja y el camino se convierte en un sendero bordeado de baobabs. Árboles que no son árboles sino presencias, guardianes de un tiempo más antiguo que el lenguaje. Se alzan con sus troncos descomunales y sus ramas que parecen raíces atrapadas en el cielo, como si en algún momento hubieran crecido al revés. La carretera se llena de vendedores ambulantes que ofrecen frutas abiertas como órganos vivos: mangos dorados, papayas trémulas, guanábanas blandas y perfumadas, camarones que todavía respiran dentro de las canastas. «Karibu karibu», me dicen. No es solo un saludo, es una invitación a ser parte de algo más vasto, más real que cualquier destino planeado.
La catarsis sucede en silencio. No hay un punto exacto donde ocurre, pero de pronto lo sé. No vine solo a documentar un país, sino a perderme en él, a dejar que la estructura del tiempo se afloje y las certezas se desmoronen. En Metoro, el tiempo es un animal dormido y yo empiezo a aprender su respiración. Las comunidades del mato me reciben sin preguntas. Se sientan a mi lado, me miran sin apuro. Nadie espera que diga algo brillante. Solo estar es suficiente. Aprendo a mirar con el cuerpo.
La primera noche en Metoro no duermo. Hay algo en el aire que se mete bajo la piel, un murmullo que no proviene de la selva ni de los insectos sino de la propia tierra, como si en su interior quedaran restos de historias olvidadas. Afuera, bajo un cielo tan infinito que parece aplastarte, la vida respira con un ritmo distinto, más lento, más puro. Me prometo no olvidar este instante, esta sensación de estar flotando en algo más grande que yo. Pero sé que, tarde o temprano, lo olvidaré. Porque siempre lo olvidamos. Porque la vida nos arrastra, nos devora con su velocidad absurda.
Mi viaje tiene tres propósitos: descubrir una Mozambique que no pase por el filtro de los operadores turísticos, documentar los proyectos de sanidad para REDES y, sobre todo, fotografiar baobabs. Árboles que nacen donde quieren, que sobreviven al sol y al olvido, que almacenan hasta cien mil litros de agua en sus troncos. En muchos lugares, los jefes de las comunidades están enterrados bajo ellos, como si su sombra guardara los secretos de quienes vivieron y murieron a sus pies.
Me detengo frente a uno. Apoyo la mano sobre la corteza y la sensación me atraviesa como un calambre. No es un árbol, es un animal petrificado, un anciano con la piel rugosa y el aliento de siglos. La madera no está fría ni caliente, está viva de otro modo, con una paciencia que me humilla. Cierro los ojos y escucho. El viento se enreda en sus ramas invertidas, la tierra respira a su propio ritmo, mi pulso intenta acompasarse. La vida late dentro, pero no la mía, sino otra más antigua y más sabia, una que no me pertenece. Me invade una certeza absurda: el árbol sabe algo de mí que yo aún no sé. África es esto, un interrogante que te acecha, una caricia que araña, un espejo en el que te reflejas pero no te reconoces del todo.
Y, sin embargo, hay una parte de mí que sigue siendo extraña aquí. La certeza de que, por más que me sumerja en esta tierra, nunca dejaré de ser un visitante. Me invade una punzada de tristeza, una nostalgia por algo que no sé si alguna vez poseí. Tal vez este viaje no sea más que una búsqueda imposible. Tal vez no busco un lugar, sino una versión de mí mismo que hace tiempo dejé atrás.
Respiro hondo. Sigo adelante.
Próxima parada: de Metoro a la Isla de Mozambique.
Apasionante relato, Augusto, y qué decir de las fotos. Una maravilla 🙂